ESCRITO HACE UN AÑO

 Ayer dejamos el cuerpo de mamá en el nicho que le elegimos, en el cementerio, pero parece que ella se resiste a permanecer allí. Esta mañana apenas desperté, pude escucharla. Iba camino al baño, haciendo su chancleteo, clap clap clap.

Más tarde, encaré la difícil tarea de revisar sus carpetas, cuadernos, agendas, y pasó lo mismo. Hablaba todo el tiempo desde adentro de mi cabeza, dándome instrucciones sobre cómo archivar facturas, hacer un presupuesto, llevar las finanzas; su voz emanaba de cada carta que leía, de cada anotación en su agenda, de las listas de compras del supermercado, de sus reflexiones escritas en cuadernos y cuadernos, con esa letra pareja, redondita, armoniosa…

No quería ordenar sus papeles, hubiera preferido dejarlos todos así, en el mismo lugar en que sus manos los depositaron, y suponer que ella continuaba acomodándolos día a día, mes a mes, año a año, evitándome esa tediosa obligación que ahora recae en mis espaldas. Pero hay que hacerlo. Alguien tiene que hacerlo, y prefiero ser yo y no otra persona que no valore ni aprecie esos retacitos de su vida cotidiana, que simplemente los rompa en pedazos y los arroje a la basura o haga una fogata. Sólo soy capaz de observarlos, acariciarlos, apilarlos de manera simétrica y equilibrada dentro de cajas que numero y acumulo, sin atreverme a deshacerme de nada.

Alzo la vista y miro por la ventana hacia el patio, la veo a contraluz tan quieta y pacífica, con su rostro sonriente y sin una sola arruga, una bella durmiente, pura hermosura… tal como estaba en la sala velatoria dentro del enorme cajón, rodeada de puntillas y con un ramito de lavandas y jazmines del jardín, entre sus manos lánguidas.

Estoy segura de que ella quisiera abrazarme ahora, decirme que todo va a estar bien, que no llore, que ella no se fue y va a estar conmigo para siempre. Que en el nicho está su cuerpo, el cuerpo que me parió, que me alimentó, donde me refugié tantas veces, el cuerpo que fue continente de tanto amor y sabiduría y ya estaba cansadito y frágil para sostener un alma tan poderosa, en constante expansión. Hace frío, tanto frío, en este abril lluvioso, tanto frío que yo quisiera irme de aquí y acurrucarme un rato a su ladito en el nicho y darle mi calor.

Entonces la escucho, me dice que está acá conmigo, velando sobre mi hombro para que no mezcle sus papeles, que tanto trabajo le costó ordenar. Y dice Gracias, gracias, gracias, la palabra mágica que repetía tres veces, cada noche, al despedirse por teléfono.

Yo también digo Gracias, gracias, gracias… y continúo  archivando su legado.

 

 

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